La lluvia ya había disminuido. . .ahora una fresca brisa bañaba el rostro del capitán David el Iscariote Anderson, que a sus 25 años de edad ya era conocido como un afamado capitán de los revolucionarios que, por más de seis años le había dado batalla a los más grandes estrategas que el imperio pudo enviar a cazarle.
Hacía apenas dos semanas que había sido capturado en una aldea bien defendida por sus hombres. Tras tres horas de sangrienta lucha habían logrado atraparle, aunque fue a costa de 30 hombres que dieron sus vidas para atrapar al que alguna vez fue llamado el lobo azul; aun que cuando lo atraparon parecía más un pordiosero que un gran capitán.
Ahora compadecía frente al pelotón de fusilamiento, que solo esperaba que se diese la orden para ejecutar a ese desgraciado que le había arrebata la vida a cientos de soldados que solo trataban de evitar una revolución. Temblaba más de frio que de miedo, el no temía a la muerte, y esa era su grito de guerra.
-Mis soldados y yo no le tememos a la muerte. . . ¿y ustedes?
Aunque al principio de la guerra se dio la orden de ejecutar al llamado “lobo azul” que se describía como un hombre de 30 a 40 años de complexión atlética y cuerpo escultural, ahora estaba frente a ellos un jovencito alto, fornido pero sin ser musculoso. Más parecía que el capitán se había dado a la fuga dejando a un soldado para remplazarlo, pero un acto lo delato; el hecho de que acabase con 30 soldados armado únicamente con un rifle de municiones limitadas y un cuchillo de guerra era una proeza digna de un gran militar, como lo describían las fabulosas historias que revolucionarios y realistas contaban.
Nadie se atrevió a hablar estando el presente, lo cual daba al ambiente un cierto aire de pesadez con el que todos querían acabar, incluso el propio fusilado. Sin embargo, sin la orden de ejecución que llegaría de la capital, supuestamente antes de las 5 de la mañana, no se podía hacer nada más que empaparse con la lluvia y mirar al sentenciado, que esperaba su inminente final a manos de un montón de soldaduchos que no hubieran durado ni 5 minutos en el campo de batalla.
-¿quiere un cigarro antes de morir capitán?- le ofreció un soldado del pelotón que sacaba una cajetilla de un compartimiento aprueba de agua que debería servir para guardar las municiones, sin embargo ahora se usaba para guardar cosas que no se quería que se mojaran.
-no fumo, gracias- dijo sonriente el capitán, que se tomaba su ejecución bastante bien para estar a punto de morir.
-¿alguna última voluntad capitán?-dijo otro soldado con tono burlesco.
-claro, pero no creo que me quieran liberar.
El ambiente comenzó a relajarse. Los soldados le quitaron la venda que le cubría los ojos al capitán y le permitieron sentarse en el suelo, eso sí, siempre vigilado y con las manos y pies bien atados, pues era un hombre que hasta con una hoja de árbol de mataba.
-¿y bien capi?. . . ¿porque si la guerra termino hace ya cuatro años se pasó otros dos huyendo?
-se sinceró niño-le contesto en tono molesto el capitán- si hubiéramos ganado nosotros y nos pusiéramos a cazar a los soldados realistas. . . ¿te entregarías?
Otra vez el ambiente se hizo pesado. . . .
Alrededor de las 9 de la mañana llego la carta desde la capital, que daba la autorización para ejecutar al ex capitán David Anderson, por los crímenes militares de homicidio y alta traición.
Así, a las 9:45 de la mañana se escuchó un estruendo comparable únicamente con el de un relámpago que se estrellaba contra el suelo en una furiosa noche de tormenta. El capitán yacía aun de pie frente a la pared donde habría de ser fusilado.
Los soldados aterrorizados se acercaron al inerte cuerpo, que al contacto cayó al suelo, mostrando los orificios de entrada y salida de las 5 balas que le perforaron el pecho. Para horror de los soldados, el cuerpo parecía moverse, aun mostraba una sonrisa socarrona en su rostro.
A la mañana siguiente los 5 soldados del pelotón de fusilamiento, el capitán que dio la orden de fusilamiento, el mensajero y aun el juez que lo juzgo, se dieron de baja en el ejército, atormentados por la imagen de un cadáver que sonría y se ponía de pie, esperando a que lo fusilaran. . . aun con 5 balas en el pecho.
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