Sabiduria aleatoria gratis

martes, 13 de noviembre de 2012

Lobo frustrado y desencantado.



Es difícil hacer a un hombre miserable mientras sienta que es digno de sí mismo.
Abraham Lincoln (1808-1865) Político estadounidense.


I cry when angels deserve to die.
Pese a todo esfuerzo (que es demasiado ya que va en contra de mi naturaleza fatalista) osó desafiar a un destino lúgubre construido a cal y canto por mis propias acciones cual ataúd fabricado de pequeñas piedras unidas firmemente por el concreto, siendo que yo a cada paso pareciera que me ocupo de colocar dichas piedrecillas del destino con tal cuidado y dedicación como una madre procura el mejor futuro para sus hijos desde su nacimiento.

Sin embargo es una necedad culpar al resto de las personas por mis propias acciones, aunque eso no me exime de buscar culpables en cada rostro conocido y liberar a mi apresada alma de la pesadumbre de su pecado.

Ante este fatídico escenario (del que me creía librado hace apenas unas horas) regresa como un balde de agua fría, primeramente como un conjunto de fotografías viejas cuyo fin al parecer es únicamente el de fungir como cadena atada a mi cuello mientras el extremo opuesto se hunde lentamente en la negra laguna del nihilismo.

Inclusive yo desconozco por qué conservar dichas fotografías que únicamente son capaces de evocar a los fantasmas del pasado con sus afiladas hachas, prestos a reclamar la cabeza que les pertenece por derecho y a sacarme lentamente el corazón con una dorada daga forjada por las tiernas manos que una vez me mostraron que la calidez de un corazón está sobrevalorada.

Ahora en mis ratos de vagancia me encuentro de nueva fuente con que la causa de mis dolores es nuevamente una imagen (ni tan siquiera impresa ya que de esa forma al menos podría descargar mi ira en contra del objeto de mis recuerdos y lo que es más aún; si dicha imagen hubiera está impresa nunca habría sido vista por mis ojos*), simple e inocente fotografía que encierra más allá de lo que se puede ver a simple vista.

Para “sorpresa” de todos nuevamente son los recuerdos quienes me invaden, no un arrepentimiento por lo acontecido, ni un profundo rencor por los roces del pasado que chocan como placas tectónicas en mi corazón causando las profundas grietas a las que llamo “rachas de melancolía”, es en esta ocasión un sentimiento aciago, un dolor profundo y punzante (texto patrocinado por la letra P) que no hace más que agudizarse conforme imágenes vienen a mi cabeza.

Siempre he sido de defender la clase de hombre decidido que sabe a lo que va (a pesar de que por mucho que me gustaría no pertenezco a esa orden de caballeros) y que como tal hay que saber en qué punto la dignidad se pierde.

Es menester de este texto el liberarme de esa frustración por lo que no temo ser directo en ciertos puntos: Hay que plantear la línea divisoria de la paciencia, el compañerismo, la amistad y por supuesto el pagafantismo que es lo que nos ocupa esta vez.

Aunque cueste reconocerlo es de provecho saber cuándo se llega a este punto en una relación; cuando se es meramente un plato de segunda mesa siempre servido a gusto del comensal (esto suena un poco contradictorio); simplemente la pieza de remplazo, la calma en la tormenta, el faro que ilumina la oscuridad. Llegados a este punto en cualquier relación se ha perdido toda la dignidad no solo como caballero o dama, si no que se pierde la dignidad de ser un ser humano. Verse reducido a un mero escalón para pisotear y encima por gusto propio no es de hombres (refiriéndome al género humano), ni tan siquiera de bestias.

Y claro cabe aclarar (mal juego de palabras y chiste fácil) que hay que saber delimitar por ambas partes cuando el pacto silencioso de la amistad y el apoyo mutuo se rompe y se transfigura en el ente mutante del pagafantismo que denigra a una de las dos partes por acuerdo casi mutuo.

Ninguna relación, de ninguna naturaleza, se puede basar en la entrega de sentimientos y acciones por un solo bando (siempre es bueno mantener los canales de comunicación abiertos y limpios de modo que se pueda evitar malentendidos inútiles), debe de ser un interés reciproco para que los sentimientos se retroalimenten.

Y quizá deben de estar pensando: ¿Por qué gastas tu tiempo en un tema de pubertos o adolecentes despechados?

La respuesta es obvia, porque soy un escritor despechado y deprimido. 

*Nota al pie de pagina: Con esto no declaro que sea un stalker ni mucho menos, es solo que la gente olvida el concepto de privacidad y gusta de restregarte en cara (involuntaria o voluntariamente) los sucesos de sus insignificantes vidas.

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