Sabiduria aleatoria gratis

martes, 25 de marzo de 2014

Roommates Prólogo.

Su trabajo, ciertamente, resultaba monótono. Día tras día se sentaba en la silla reclinable del viejo despacho a esperar a los clientes, día si, día también; sin mucho más que hacer entre tanto.

De vez en cuando algún abogado despistado entraba por la fina y descuidada puerta rechinante y se sentaba en el escritorio de caoba, contemplando el desorden, pero con cierta elegancia, de aquel sitio.
Seguramente no sabía que si lo solicitaba vía telefónica el archivista podría subir los documentos necesarios hasta la comodidad de su oficina. Pero no le molestaba recibir visitantes, de hecho, le agradaba ver las caras nuevas en el tribunal.

Sin oponer mucha queja abandonaba su cómoda silla y abandonaba cualquier actividad en la que estuviese entretenido. A paso ligero caminaba por entre los enormes archiveros y polvorosas estanterías repletas de cajas, cuyo contenido solían ser carpetas aún más polvorosas.
Con la maestría de tener ya 7 años en ese puesto conseguía localizar el folio descrito por los solicitantes y de inmediato se ponía en marcha para entregar la documentación requerida; no le gustaba hacer esperar a las personas.

A pesar de que había que rellenar un pequeño formulario (Los abogados más experimentados solicitaban varías planillas y las rellenaban conforme iban necesitando los documentos.) no le molestaba esperar a que lo rellenasen en su oficina.

Muchos podrían esperar que en el lapso entre que el archivista acudía a buscar los documentos y que fotocopiaba las hojas requeridas el solicitante rellenase el formulario, o mejor aún, lo trajese hecho. Sin embargo esto era mucho pedir y era usual que tras llevarle los documentos encima les ayudara a rellenar los formularios.

Así gastaba los días Melquiadez Rosales, uno de los archivistas del tribunal supremo de justicia. Su trabajo era monótono, pero no le molestaba en lo absoluto.

No soñaba con ser uno de esos licenciados trajeados, su empleo ya le daba para vivir, y bastante bien además. Por si fuera poco ya era bien conocido por la gente del lugar; no solo en el tribunal, si no en la zona circundante.

A pesar de estar ya en sus 40 y tantos no se sentía viejo en lo absoluto. El ser llamado Don Melquiadez (Lo cual sonaba rimbombante a su modo) le molestaba, pues no se consideraba de ningún modo un Don. Por otro lado su prolongada soltería tampoco le hacía sentirse cómodo al ser llamado Señor, pero suponía que era lo indicado.

Algún que otro despistado le llamaba Licenciado; eso era especialmente común entre las secretarias, ya de cierta edad, que lo llamaban de cariño "El Lic Mel", cosa que le molestaba, pero no oponía queja.
Eran contadas las ocasiones en las que de verdad tenía cosas que hacer; documentos que fotocopiar, archivos nuevos que ordenar, formularios que entregar a la coordinación.

Un día a la quincena lo dedicaba enteramente a permanecer dentro del almacén donde se guardaban todos los archivos: Los mantenía lo más libres de polvo y polillas que podía, se aseguraba de que todos los folios estuvieran en el orden correcto y reportaba los extraviados.

Su trabajo era de 10 pm a 7 am, lo cual significaba que la paga era buena para compensar el horario nocturno. Por si fuera poco el archivista del turno siguiente no solía alterar demasiado el orden que su compañero había labrado con esfuerzo, por lo que las cosas se mantenían en su lugar.

No vivía lejos del tribunal; en cuestión de tan solo media hora era capaz de ir y regresar. Su guarida era un enorme departamento de renta moderada en medio de la gran ciudad.

Aunque el edificio era algo viejo y estaba un poco descuidado, los departamentos eran espaciosos, limpios y bien iluminados. Muchos podrían considerar que la renta era algo cara, sin embargo el espacio lo valía, pues con facilidad una familia de 5 podía vivir en ellos cómodamente.

Su vida no estaba llena de lujos, pero su prolongada experiencia en múltiples oficios le permitía exprimir hasta el ultimo centavo. La mayoría de sus muebles habían sido comprados como verdaderas gangas. Su sofá era un mueble a punto de tirarse que le fue obsequiado, únicamente basto con cambiar un par de resortes y un nuevo tapizado para que quedase como nuevo. Por no hablar de su cama, cuya base había sido fabricada por él mismo.

Gastaba la mayor parte de su sueldo en la renta y un pequeño lujo del que no podía desprenderse, los vinos eran su perdición, a pesar de que estaban ligados usualmente a precios inaccesibles para la mayoría de los mortales.

Aunque comenzaba a sentirse solo con aquella vida de libertad...

Un día al salir del tribunal se detuvo un instante a leer un tablón de anuncios ubicado en la entrada del imponente edificio, el cual desentonaba un poco con el ambiente serio y apresurado del lugar.
Librándose de un par de cursos de guitarra, "masajes con final feliz" y uno que otro abogado anunciando sus servicios (Esperaba que no tuviera relación alguna con los masajes.) lo que más le llamaba la atención eran los anuncios de jóvenes estudiantes o trabajadores de la zona que buscaban departamento.

-Mi departamento es grande y solo ocupo una habitación, el resto están de puro adorno.-Medito dentro de su cabeza.

Animado a emprender una nueva aventura, como la que representaba volver a vivir en conjunto, se decidió a rentar un par de habitaciones de su departamento (Anunciando además que al ser compartido ya poseía ciertos muebles para facilitar la vida.), todo ello por la módica cantidad de la mitad de la renta total y que el gas, agua y otros servicios se pagasen a la mitad de la misma manera.

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