La brisa del otoño lo balanceo como a una frágil rama.
Su cuerpo, inerte, bailaba con las ráfagas del cruel viento que asolaban la campiña. Nadie le prestaba atención al cuerpo de un suicida en medio de la nada.
Es probable que su cuerpo permaneciera en ese sitio hasta pudrirse. Con suerte sería un festín para los cuervos. Pero solo era una posibilidad.
Y a pesar de ello su vida proseguía.
Había despertado, confundido y agitado tras la muerte, en un sitio desolado y sombrío. Un enorme campo repleto de malas hiervas con un par de árboles secos salpicando la inmensidad.
Se levanto, confundido, temeroso, sin saber donde se encontraba o porque estaba ahí. Únicamente los últimos pensamientos de la muerte rondaban su cabeza junto a una débil voz que se lamentaba por el dolor al ser colgado.
Sacudió los harapos que ahora vestía, poco más que simples retazos de tela de lo que antes pudo haber sido un traje de lana. No recordaba llevarlos puestos al decidir su fatídico destino.
No estaba seguro si permanecer en ese sitio o vagar por aquel sitio desconocido. Continuaba confuso por todos los sucesos acontecidos y las visiones que ahora tenía.
¿Qué se hace después de morir?
Agudizo los sentidos en un intento por ver o escuchar algo, sin mucho resultado. Era realmente extraño pues no se podía escuchar brisa alguna a pesar de que las matas de hierbajos altos danzaban, como inspirados por el canto de los vientos.
Alzo la mirada en un intento por ubicarse en base a la posición del sol, aunque su intento lo desconcertó y aterro a la vez.
En el inmenso firmamento de color anaranjado brillante no existía ningún sol que lo iluminase, a pesar del intenso calor que podía sentir en todo su cuerpo.
Miro fijamente el cielo durante unos instantes, o al menos eso pensaba, pues podrían haber pasado horas sin poder diferenciarlo. Fruto de la falta de sol quizá, inclusive de su propia locura.
Decidido a vagar para encontrar compaña, y con ello un par de respuestas, no coordinaba sus pensamientos lo necesario para decidir un rumbo a tomar.
Arranco un par de hojas de hierba para arrojarlas al viento y descubrir la dirección que este tomaba. Sin embargo de nueva cuenta su realidad desafiaba a la lógica: Los matojos de hierba continuaban su hipnótico baile, como movidas por la brisa, sin embargo las hojas que arrojo caían lentamente, con la gracia de las plumas.
Realmente se encontraba confuso. Pero acordó consigo mismo a vagar en dirección a lo que comenzó a llamar “Norte”, aunque carecía de puntos de referencia.
Andar sin dirección alguna nunca es buena idea, pero no le quedaba más remedio, a pesar de que no hubiera una “noche” a la que temer pues desde su llegada el cielo había permanecido estático, sin nubes o menor atisbo del paso del tiempo.
El paisaje era monótono y hostil: Poco más que un páramo desolado, repleto de hierbajos danzantes, árboles secos y piedras repartidas sin orden ni concierto.
Lo cierto era que le había llamado la atención el color del suelo y las rocas: Blanco, como el color de los huesos expuestos al sol durante mucho tiempo.
-Mármol, eso debe de ser.-Dijo para sus adentros.
Su marcha no parecía tener final y un sentimiento parecido al hambre, pero inexplicablemente distinta, comenzaba a invadirlo. Sin saber si había andado durante un par de horas o inclusive durante medio día comenzaba a desanimarse al ver que todo cuanto lo rodeaba era este páramo infinito.
Con la mirada busco un árbol seco que le hiciese sombra para descansar, aunque como era de esperar los árboles no producían sombra alguna debido a la falta del astro rey.
Arrimándose a un enorme tronco retorcido y ennegrecido, como si hubiese sido calcinado por un poderoso fuego, prosiguió a reordenar sus pensamientos.
Este sitio no se parecía a ningún otro donde hubiese estado. Desolado e inmenso, sin sol ni brisa, sin sonidos u animales vagando por todos sitios. Aunque es cierto que había llegado a él tras morir.
-¿Perdido amigo?
Frente a él una visión le impresiono: Un fornido hombre ataviado con una amplia túnica de lino blanco y una capucha comprendida por una especie de vendajes cubrían toda su cabeza, incluido el rostro.
Montaba una especie de bestia inmensa, a media cruza entre una lagartija y un rinoceronte. Fácilmente debía medir tres metros desde la punta de la cola hasta la punta de su cuerno frontal.
Seis gruesas patas sostenían a ese impresionante animal, el cual estaba repleto, por si fuera poco, de cajas y rollos de tela fuertemente atados y unidos a una exótica silla de montar.
-Parece perdido, pero si inoportuno su viaje me marcharé.
Miro a los ojos de aquél hombre, la única parte visible de su rostro. Rojos como las ascuas enardecidas de la hoguera.
-No se donde estoy…-Se aventuro a decir.
-Ah… Eso lo explica todo… Solo un necio vagaría por el páramo sin llevar su thobe…
El hombre bajo de su inusual montura, la cual al sentir los movimientos de su jinete se retorció intentando correr, pero el hombre tenía atada su boca mediante fuertes correas que llevaba en la mano.
-Mi nombre es Sahín y este de aquí es Jhamme, no se asuste, esta entrenado para no morder.
A pesar de lo cordial que actuaba el hombre continuaba sin contestar a su pregunta, además de que el hablar tan casualmente de cosas que le resultaban desconocidas no le inspiraba confianza.
-Es… Un placer… ¿Sahín? Pero necesito saber con urgencia donde estoy y porque termine aquí…
El hombre tenía un acento particular. Entendía a la perfección sus palabras (O la mayor parte de ellas) pero ese acento tan peculiar le hacía pensar que se encontraba realmente lejos de casa.
-Es costumbre presentarse entre caballeros, pero si tanto deseas saberlo… Estas en el Jahannam… El infierno… El abismo… Como desees llamarlo…
Tan solo de escuchar esa palabra, “Abismo”, sintió una opresión en el pecho. Un profundo dolor solo comparable al ser apuñalado a traición.
-Venga, acompáñeme, hombre sin nombre, podremos hablar más tranquilamente en el Ubar.-Sahín le extendió la enorme mano que no sujetaba las correas, estaba repleta de callos y poseía un olor a humo.
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