domingo, 15 de enero de 2012

Capítulo 3: Los infortunios de la virtud

El atardecer rojizo caía en el horizonte dando una hermosa vista de la ciudad crepuscular que despertaba conforme la noche ganaba terreno frente a su contra parte; era un ambiente romántico, melancólico, pero libre de tristeza.

Sin lugar a dudas era una imagen pintoresca que disimulaba el pequeño infierno que se vivía dentro de la ciudad, un infierno que conocía a la perfección el amargado de Writer.
-Hay arena en mis botas… -Dejo escapar Writer en un bostezo de ocio.

-No me explico cómo ocurrió eso, no hay arena en kilómetros en la redonda -contesto la joven dependienta mientras leía la novela de la competencia, sin embargo algo llamo poderosamente su atención – ahora que me fijo… ¡Tú no llevas botas!

Viejas costumbres que nunca se olvidan: morder los lápices, hacer ruido mientras masticas, dormir del mismo lado de la cama todas las noches y hablar solo. Era ese tipo de detalles los que hacían pensar a la gente que Writer estaba loco, eso era una locura, el no estaba loco por hablar solo, hablaba solo porque estaba loco y la razón de su locura eran los recuerdos de una infancia difícil.

Realmente no había pasado mucho tiempo desde que la reunión fuese convocada, a lo mucho 15 minutos desde las llamadas y mensajes desesperados, para desgracia suya sus amigos/compañeros/hermanos vivían a una distancia considerable de la cafetería.

Entre tanto cierta joven dependienta leía Moonlit Romance, la novela de la competencia, a pesar de su edad e inexperiencia era una de las mentes más brillantes que Writer había tenido el placer de conocer.

-Sus personajes son carismáticos, sin embargo el romance prácticamente se vuelve betún para pastel de bodas, es la clase de historia con seres sobrenaturales afeminados que tanto le gustan a las adolecentes de hoy.

-Mi problema surge en que ella está ganando público de manera alarmante por medios impúdicos… abuso de la sensualidad, del romance y de protagonistas masculinos que no deberían llamarse a sí mismos hombres.

-Tu problema no es ese, tu problema son tus historias -le recrimino- tus historias están enfocadas a un público maduro que entiende tus bromas de los ochenta y referencias a mejores tiempos, ella escribe novelas para un público más amplio e inmaduro, la clase de público que no necesita un diccionario para entender lo que el novelista intento decir.

-Ese es otro problema que odio, ese tipo de público tan inculto, cuando yo escribo que las cortinas son azules espero que los lectores deduzcan que las cortinas representan la tristeza que siente el personaje pero no, cuando leen que las cortinas son azules solo piensan en que son del puto color azul.

El silencio reino de nuevo en la vacía cafetería, de momento eso era bueno ya que ninguno de los dos tenía nada más que decir (que fuera coherente claro está). Tras otros 15 minutos de silencio, lecturas de novelas crepusculares y refunfuños entre dientes a Writer se le había agotado la paciencia.

-Malditos desgraciados, mira que tardar tanto para una emergencia, ya podría haberme muerto y no esperar su ayuda- se quejo Writer una vez más.

En ese preciso momento entro en la cafetería un hombre enorme, quizá media dos metros o quizá un poco más; llevaba consigo un enorme acordeón paralelo a su tamaño y una larga cabellera grasosa y despeinada cubría prácticamente su rostro; era Francisco, el hombre.

Pese a su apariencia desalineada era una buena persona, prácticamente era un vagabundo (a pesar de tener un titulo en letras hispánicas) que se dedicaba a tocar el acordeón en la calle y amenizar las fiestas de sus conocidos. Contaban las historias que Francisco, el hombre, conocía de memoria las dos mil canciones que componían su repertorio, sin embargo Writer sabía que esto era falso, él debía de saber más de dos mil, púes nunca cantaba dos veces la misma canción más que en oportunidades muy escasas.

-Perdona por llegar tarde, pero mi mujer no me dejaba salir- se justifico el gigante.

-Mandilón- fue lo único que acertó a responderle Writer.

Francisco ignoro el comentario de su íntimo amigo y prosiguió a tomar asiento en la mesa donde se encontraban sentados la joven gerente del café y el amargado novelista. Los tres tenían sueños y esperanzas pisoteadas por los años.

Tan solo un par de minutos después llego el último de los invitados a la “fiesta” privada que se llevaba a cabo esa noche en una solitaria cafetería del centro de la ciudad.

Un hombre moreno y de estatura promedio entro en silencio al café; su ropa distaba mucho de parecerse a los harapos de Francisco o al traje desgastado por el uso de Writer. Era Alex Hornet, cineasta con un par de años de experiencia que producía, actuaba, escribía, dirigía y muchas cosas más, todo esto sin éxito por desgracia, esto era debido a que Alex hacía cine surrealista.

-No es para los incultos, que son la mayoría- solía decirle Writer para animarlo.

Era una reunión de gente un tanto extraña: un novelista frustrado, un músico nihilista, un cineasta con poco éxito y una joven chica que no encontraba su talento especial. Todos ellos traban de sobre llevar una vida en un mundo donde su arte era infravalorado e inclusive despreciado.

Llevaban a cuestas la condena de ser artistas, desdichados seres que tenían que cargar con la maldición de la virtud. Odiaban su talento, pero por una razón no podían dejar de hacer arte.

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