viernes, 6 de enero de 2012

-La luna se puede ver claramente el día de hoy- dijo en voz muy baja un hombre alto sentado en las arenas del desierto blanco de Hueco Mundo.

-Siempre es así en este sitio-le contesto despreocupadamente una joven bien parecida sentada a unos cuantos metros de él mirando el cielo– aun que es un desperdicio hablarte, estás en tu mundo.

En efecto, el hombre permanecía pensativo mientras miraba la enorme luna blanca que brilla en lo alto del vacío firmamento de Hueco Mundo; la ausencia de estrellas no hacía más que causar un sentimiento de soledad y tristeza.

-De donde provengo no puedes ver la luna. Siempre llueve… Es como si mi tierra llorara eternamente, por nosotros, sus hijos que mueren en la más triste de las soledades.

La chica volteo a mirarlo; a pesar de que era un hombre relativamente joven su rostro parecía cansado y viejo, como si los años de experiencia le pesaran en el alma. Una enorme cicatriz cruzaba su mejilla derecha pasando sobre su ojo lo que le impedía abrirlo correctamente.

Llevaba puesto un sucio kamishimo negro repleto de manchas oscuras apenas perceptibles gracias a que la blanca arena se pegaba a estas, como si un líquido pegajoso las hubiera manchado. Junto a él reposaba su Takuhatsugasa, un sombrero que solía utilizar cuando viajaba.

-Cuando llegue a este sitio me fascinó todo… la arena blanca, la luna perpetua, la noche que no acaba, la soledad que incluso puede respirarse en este ambiente, los enemigos con los que me enfrento y los amigos que hago- el hombre continuaba con su monologo, sin embargo paró en seco de hablar para mirar fijamente a los ojos a la chica - ¿Cuántos años llevo en este sitio?

La joven chica era bajita en comparación a él, en cambio su figura esbelta y piernas largas le daban un hermoso porte; su cabello castaño y corto ocultaba unos diminutos cuernos óseos en su cráneo, aun que esto era lo último que podría notar la gente, pues su belleza era tal que uno no podía evitar mirarla.

-Cien años, quizá un poco más, no podría decírtelo con certeza- le respondió con cierta tristeza.
El hombre se levanto con calma, recogió su sombrero sacudiéndole la arena. Ayudando a su compañera a levantarse lanzo una fría mirada hacia la luna, esta vez no era una mirada melancólica, una mirada de profundo odio y resentimiento se podía ver.

-Esta es nuestra noche Yukiko- el hombre había cambiado súbitamente, ahora parecía agresivo y lleno de rabia. Levanto una de sus manos hacia el cielo gritando - ¡Esta es la noche que nos vengaremos de la Sociedad de Almas! ¡De su injusta traición hacia los míos!

La chica no hizo más que sonreír mientras se sacudía la arena de la ropa: un hermoso kimono blanco con encajes grises y estampado de árboles muertos –Takeshi kun ¿Abro la “Garganta” ahora mismo?

El hombre afirmo con la cabeza sin dejar de extender el brazo hacia el cielo nocturno.

-Esta es la soledad de 100 años exiliado en un sitio desconocido, la soledad de la negra noche sin estrellas, pero ya no será así… esta noche le arrebataremos a la Sociedad de Almas una de sus estrellas, lo mejor será que llame al resto de las tropas.

En ese momento un sonoro rugido cruzo los infinitos límites del desierto blanco de Hueco Mundo, causando un gran temor entre las criaturas que habitaban en este mundo, inclusive de las más grandes y aterradoras.

Frente a la chica el espacio se rasgaba en forma literal; una serie de barras verticales se abrían (de manera similar a una boca) hasta alcanzar el tamaño de un hombre mostrando en su interior un túnel oscuro del cual irradiaba una sombría energía.

-Esta es mí noche- repitió el hombre una vez más – es nuestra noche.

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