Sabiduria aleatoria gratis

jueves, 3 de abril de 2014

Sueño

La camioneta subió con algo de dificultad la cuesta empedrada que llevaba a casa. En su interior la fiesta móvil que se había desarrollado hasta hace apenas unas horas ya había llegado a su fin y los tripulantes del vehículo tenían urgencia por salir.
Al detenerse con lentitud frente a la entrada el resto de habitantes de la enorme casa comunal salieron a ver llegar al grupo de ebrios que habían organizado por fin su borrachera colectiva. Entre risas y resoplidos de exasperación miraban como bajaban lentamente.
Y estaba él, vestido con su desgastado traje de lino; con manchas de licor por doquier y el sombrero torcido, abrazado a esa pelirroja de grandes senos que le coqueteaba constantemente.
Y ahí estaba ella; esa figura de baja estatura ataviada con una sudadera con capuchón que le cubría el rostro siempre. De no ser por su voz y el femenino contorno que la ropa no podía esconder nadie daría por hecho que se trataba de una mujer.
Su furia era inmensa, pero nada se podía comparar al dolor de ver a su hombre abrazado a otra mujer. Aunque en realidad él no era su hombre; no tenían una relación fuera de la que en su cabeza podía haber imaginado.
Él lo era todo para ella.
Desde el primer día en que llego a la residencia y nadie se atrevía a dirigirle la palabra, él fue el primero en tenderle su mano y ofrecer una amistad sincera.
Cuando todo el mundo le temía por su apariencia y sus actividades fue él el primero en percatarse que debajo de aquella capucha negra como la noche se escondía una pequeña y sensible mujer que solo necesitaba afecto.
De pronto los recuerdos le estrujaban el corazón.
El recuerdo de una noche similar, cuando bebían en el techo de la residencia sin importar la hora. De cómo se acero hasta su rostro y con un aliento que apestaba a vodka le dijo que siempre había amado su sonrisa, discreta pero radiante. Y como en un instante de distracción se acercó hasta ella y sujetando sus brazos con fuerza pero dulzura le beso con pasión.
“Puedes ser la mejor picara del lugar, pero yo acabo de robarte un beso”
Recordar eso solo le provocaba dolor.
Lo mejor para ella hubiese sido darse la vuelta y correr como estaba acostumbrada a hacer, pero algo la detenía.
Apreto ambos puños y la quijada fuertemente, repleta de impotencia y rabia. Deseaba arrancarle la cabeza a esa zorra pelirroja que abrazaba al hombre que tanto amaba, pero sobre todo deseaba darle una bofetada, romper sus amarillentos dientes y luego, entre llantos, preguntarle si ella no era suficiente.
¿Sus pechos eran demasiado pequeños?
¿Acaso es porque era muy poco femenina?
Ella podía cambiar, podía hacer el esfuerzo si tan solo se lo pidiera… Pero claro, un hombre como él jamás se fijaría en ella…
Así que se dio media vuelta, respiro hondo tratando de contener el llanto y se dirigió a casa para empacar sus cosas, aunque justo en la entrada del hogar aquella mujer alzo su voz chillona que tantos dolores de cabeza le provocaba.
-Sé que se ve mal… Le dije que no bebiera tanto pero no me escucho…
-¿De qué hablas?
-De este muchachote, apenas puede ponerse en pie, es mejor que lo lleves a su cama
-Hazlo tú…
Solo la hacían enfadar más.
-¿Segura?¿No te molesta que entre a su cuarto?
-¿Por qué me molestaría?
-¿Qué no es tu novio?
Ella se desplomo en la entrada, no podía mantenerse de pie…
-No para de hablar de ti, siento si me hice ideas equivocadas….
De pronto el hombre recupero un poco la compostura. De un modo ciertamente elegante volvió a acomodar su sombrero y a limpiar un poco su traje. Se acercó tambaleante hasta la chica que yacía de rodillas en el piso con lágrimas en los ojos que nadie podía ver.
-¿Por qué lloras?¿Estas bien? Solo te dejaste caer, me asuste…
Ella se puso de pie y se acercó para comenzar a golpearlo, por la diferencia de estaturas solo alcanzaba su pecho pero aun así ella le soltaba pequeños puñetazos hasta que, desconsolada, solo abrazo al hombre y comenzó a llorar sobre él.
Solamente, la abrazo con la mano izquierda, mientras que la derecha acariciaba cariñosamente su cabeza, aún cubierta por la capucha de la sudadera negra.
-Perdón por preocuparte tanto… Pero si te avise que iba a salir…
De pronto ella lo miro con rabia y lágrimas en los ojos.
La bofetada que le propino resonó por toda la calle. Tras eso ella volvió a abrazarlo.
-Idiota… Pensé que me habías cambiado por otra…-Le dijo entre sollozos y sonoros lamentos.
En su rostro se había quedado la marca de la mano de la jovencita, hinchada y enrojecida.
A pesar de eso solamente la abrazo con mayor fuerza y discretamente le quito la capucha de la cabeza.
Poseía una larga y despeinada cabellera rubia, maltratada por los pocos cuidados, que en conjunto con su sollozante rostro infantil le daban una apariencia tierna y hermosa a su modo.
-¿Cómo podría cambiarte?
La alejo de si mismo un par de pasos con ternura, únicamente lo necesario para poder colocar su mano derecha sobre su pecho, a la altura del corazón.
-Si te llegase a traicionar, tan siquiera un poco, corta mi brazo derecho.
-Pero… Pero… ¿Y tus libros?
-Me basta una mano para escribir y para abrazarte.
Ella solamente se arrojó a sus brazos de nuevo.
-¿Aunque no sea femenina?¿Aunque sea fea?
Él únicamente sonrió, con su mano derecha tomo su barbilla y levanto su rostro para verla fijamente a los ojos como muestra de sinceridad.
-¿Fea? Eres la chica más bonita con la que podría soñar… Y mira que yo he estado con muchas.
Por ese último comentario recibió un pequeño golpe en las costillas, pero ambos estaban tranquilos.
-Te juro que cambiare… Dejaré el negocio, ya no tengo que ser una picara… Me quedaré en casa y seré una buena chica… Solo… No me dejes…
En ese instante volvió a tomar la capucha negra de la sudadera y con sumo cuidado la coloco de nueva cuenta en su cabeza, aunque sin cubrir por completo su rostro como acostumbraba.
-Nunca me digas eso… Si abrir cerraduras y vestir de negro te hace feliz entonces no quiero arruinarte la diversión, siempre que vayas con cuidado te apoyo en lo que hagas…
Aprovechando que aún se abrazaban la levanto con un poco de esfuerzo para estar cara a cara y poder besarla con provecho.
El resto de los residentes miraban la escena conmovidos, pero sin sorprenderse; como si este último acto ya hubiese sido planeado con antelación.
-Así que… Ya no me puedo ir a embriagar con otras chicas ¿eh?
-Idiota.
Volvió a recibir un golpe en las costillas con mayor fuerza, pero el beso que le acompaño hizo que apenas lo notase.

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